Uno de los viejos cañones de la batería de Cabo Silleiro.

Viaje a las baterías costeras de Cabo Silleiro

Visitamos la base abandonada con sus cañones Vickers, que quiere pasar a ser un lugar de memoria

Silleiro guarda la ría de Vigo como el último cabo al sur de Galicia. Allí está el faro construido en 1866, en el mismo año que el de Fisterra. Y también allí encontramos unas ruinas que hablan de la memoria de una época: la de las viejas baterías costeras de Cabo Silleiro, un lugar muy visitado a pesar de la prohibición de acceso desde que fueron cerradas en 1998.

La historia de las baterías de Silleiro está ligada a la de un barco. Porque, en 1923, los cañones del acorazado ‘España’ terminaron en un monte de Baiona. El buque había sido botado en 1913 en los astilleros de Ferrol para pasar a ser el orgullo de la Armada de la época. Con todo, era el acorazado más pequeño construido jamás en el mundo, al igual que sus gemelos ‘Alfonso XIII’ y ‘Jaime I’, que llegaron en años sucesivos.

Durante la guerra del Rif, embarrancó en el cabo de Tres Horcas, junto a Melilla, y no pudo ser rescatado de las rocas. Finalmente, decidieron abandonarlo y sus restos quedaron hundidos en esa costa. Pero antes rescataron las valiosas piezas de artillería de la marca británica Vickers con que iba dotado el buque. Esos son los primeros cañones que llegaron a la batería costera de cabo Silleiro ya en el mismo año del hundimiento, en 1923.

Los dos cañones de 101 mm, que habían surcado los siete mares acabaron en un monte de Baiona apuntando al infinito hacia un enemigo que nunca llegó.

Decía Álvaro Cunqueiro que los monjes del monasterio de Oia estudiaban balística

Porque la idea de crear una batería costera en el sur de la ría de Vigo ya venía de antiguo. De hecho, los monjes del monasterio de Oia tuvieron durante siglos a su cargo unos cañones. Y el escritor Álvaro Cunqueiro escribió que, entre oración y oración, aquellos frailes estudiaban balística.

Lo de cabo Silleiro fue algo más avanzado, aunque producto de la casualidad: el hundimiento del acorazado aceleró el proyecto. El monte fue agujereado para construir una red de túneles con doscientos metros de pasadizos en los que se tendieron raíles para las vagonetas que debían transportar la munición.

En las casamatas instalaron primero los dos cañones Vickers de 101 milímetros. Más tarde, a principios de los años 40, se colocó un tercer cañón. Y, ya en 1943, finalizaron el complejo cuyas ruinas aún se conservan en Silleiro. Cuentan que en las obras trabajaron presos republicanos, en un campo destinado al efecto.

Entrada a la base abandonada de Silleiro.

Las instalaciones incluían un aljibe, casas para los mandos militares, barracones para la tropa (muchos gallegos hicieron aquí la mili) y cantina. Un gran arco presidido por el escudo franquista daba acceso al recinto y aun hoy sigue en pie para las fotos de los muchos visitantes que reciben estas ruinas, a pesar de que el acceso está prohibido desde su abandono en 1998.

El Regimiento de Costa dio servicio a estas baterías de cabo Silleiro durante más de cinco décadas, sin que jamás tuvieran que disparar un solo obús. Y eso que la llamada Batería J4 tenía un alcance de 16 kilómetros.

En los últimos años, anunciaron planes para musealizar las baterías. También para convertirlas en un ‘lugar de memoria’ que evoque a los presos republicanos que fueron forzados a trabajar allí tras la Guerra Civil. Pero ninguno de estos proyectos cuajó. Desde los altos de Silleiro, los viejos cañones siguen apuntando al infinito tras las islas Cíes.

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