Dieta alcalina: un régimen engañoso

La mayoría de los productos recomendados en esta dieta son saludables, pero no es posible alcalinizar el organismo mediante la alimentación

Dieta alcalina.
Dieta alcalina.

Los nuevos años que comienzan suelen estar llenos de propósitos. En el referente a la alimentación, además, los excesos navideños llevan la muchas personas a marcarse en los meses siguientes regímenes alimentarios para cuidar la salud. Y en los últimos años, una de las supuestas dietas que más ánimo cogió fue la dieta alcalina. Se sostiene que, consumiendo determinados alimentos, es posible alcalinizar los fluidos del organismo, es decir, alcanzar un pH más básico y, de este modo, mejorar nuestra salud.

Hay muchas dietas, sin embargo, que bien supervisadas y recomendadas por personas con conocimientos en Nutrición, son adecuadas para mejorar la salud. Pero en un mundo en el que la alimentación es el eje de muchas estrategias de márketing y mueve una cantidad muy importante de dinero, hay otras dietas que tienen poco de evidencia.

“La dieta alcalina es una más de estas dietas que de vez en cuando se ponen de moda; y se apoya, principalmente, en frutas, verduras y legumbres, y también cereales integrales. El que proponen sus impulsores es que con ella conseguimos alcalinizar el pH de nuestro organismo, y que así se previenen las enfermedades, ya que las principales enfermedades o las células cancerígenas se desarrollan en uno medio ácido”, expone Rosaura Leis, profesora titular de Pediatría en la USC e investigadora principal en el grupo de Nutrición Pediátrica en el IDIS.

El mensaje parece positiva, pero guardia truco: “El pH de nuestro organismo no es único, varía según los órganos o sistemas, por lo que su modificación por los alimentos parece altamente improbable”, advierte Leis. La escala del pH, o potencial de hidrógeno, ve, en la mayor parte de las disoluciones del 0 (muy ácido) al 14 (muy alcalino). Y cada parte del organismo se mueve en márgenes muy estrechas, desde el estómago (más ácido) a la sangre (más neutro), que no se pueden ver influidas por el consumo de determinados alimentos o bebidas ácidas o alcalinas.

El organismo tiene sus propios mecanismos para regular el pH, y esto no puede hacerse mediante la alimentación

No hay evidencia científica con relación a esto: nuestro organismo tiene mecanismos para controlar la acidez y la alcalinización mediante, lo que se llama el equilibrio ácido-base, mediante el sistema respiratorio, nuestros riñones, etc.”, añade la investigadora y docente de la USC.

“Los alimentos en los que se basa la dieta alcalina son alimentos saludables, que además de nutrientes aportan componentes funcionales que tienen efectos fisiológicos positivos, nos ayudan a controlar el colesterol, la tensión arterial o la glucemia, y por tanto a disminuir el riesgo de enfermedades, especialmente las enfermedades no transmisibles, que son hoy la principal causa de morbilidad y mortalidad. Pero estos alimentos, como los cereales integrales o las frutas y verduras, o los cereales ya forman junto con otros alimentos parte importante de la pirámide alimentaria de otras dietas altamente recomendables como la nuestra, la Atlántica, o la Mediterránea”, apunta Rosaura Leis.

Es decir, una buena dieta es la base para una buena salud. Hace falta cuidar lo que comemos, y en nuestro caso, adherirnos nuestras tradiciones alimentarias y gastronómicas: “Consumir cereales integrales, fruta y verduras, lácteos, aceite de oliva, pescado abundante, legumbres, carne magra… Es decir nuestra dieta tradicional Atlántica, que ha hecho que hoy tengamos una de las esperanzas de vida más longevas en el mundo, y con mayor calidad de vida; lógicamente no es solo por la dieta, sino también por la actividad física, la propia genética y los cambios económicos y sanitarios que hemos en los últimos años”.

Sin embargo, Leis advierte de la necesidad de mantener estos buenos hábitos en las nuevas generaciones. “Como pediatra tengo que advertir de que nuestros niños y niñas están perdiendo adherencia a este tipo de dietas, y de seguir así es probable que acaben viviendo menos, o con peor calidad de vida que sus abuelos e incluso que sus padres.


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