La ambición científica de que las máquinas llegasen a simular o superar un día a la inteligencia humana para mejorar nuestras vidas, fue presentada al mundo a mediados del siglo pasado bajo el nombre de inteligencia artificial. Fue en el verano del año 1956 en el Dartmouth College, una universidad de la costa este de los Estados Unidos de América, cuando un grupo multidisciplinar de científicos celebró una reunión, financiada por la Fundación Rockefeller, para dar a conocer el nacimiento de un nuevo campo científico tecnológico.
“Ese fue el germen de la inteligencia artificial pública, la primera vez que se hablaba de ella en los medios y en los laboratorios de investigación de todo el mundo. En esa reunión había matemáticos, físicos, psicólogos, filósofos, ingenieros y economistas. También podemos decir que el verdadero arranque de la inteligencia artificial fue poco antes, en el año 1943, con la publicación del primer modelo matemático de neurona, pero es cierto que fue después de esa reunión en el Dartmouth College, cuando se hizo público ese nuevo campo, con un nombre y con un objetivo claro que era ser capaces de crear una inteligencia artificial equivalente o superior a la humana. Aún estamos lejos de alcanzar ese reto, entre otras cosas porque no sabemos siempre cómo avanzar”, asegura Senén Barro, director del Centro Singular de Investigación en Tecnologías Inteligentes (CiTIUS), de la Universidad de Santiago de Compostela.
La electricidad del siglo XXI
Casi siete décadas después, el concepto ya forma parte de nuestro vocabulario y sobre todo de nuestra vida cotidiana, porque es uno de los elementos esenciales en muchos de los servicios que empleamos y en los cuidados que recibimos: desde los asistentes de voz de nuestros teléfonos inteligentes que nos ayudan a encontrar una información, hasta el diagnóstico de enfermedades, pasando por la identificación automática de correos electrónicos no deseados o las propuestas de las plataformas de música o video que empleamos, basándose en nuestras preferencias.
Esta revolución impulsada en los últimos años gracias a los avances tecnológicos, a la disponibilidad sin precedentes de enormes cantidades de datos y, sobre todo, a la inversión económica, fue bautizada por Andrew Ng, profesor en la Universidad de Stanford, en California, y gurú de la inteligencia artificial, como la “electricidad del siglo XXI”.
“Esta comparación es un poco exagerada, pero muy útil ya que, de alguna manera, nos ofrece varios mensajes interesantes. El primero es que, tal como la electricidad hoy está en todas partes y no podríamos tener la vida que tenemos, la vida que construimos, sin ella, pues cada vez más ocurre lo mismo con la inteligencia artificial, ya que muchos dispositivos que empleamos ya la llevan integrada, como los relojes, los teléfonos, los coches, los ordenadores, los robots, etc. En segundo lugar, debemos pensar que si un día se produce un apagón energético, eso sería algo dramático para la humanidad, pues con la inteligencia artificial pasará lo mismo si la desconectamos. Sin ella, nuestros dispositivos no funcionarán correctamente, en un mundo en el que ya dependeremos en buena medida de ella, en un mundo en el que ya no sabremos vivir sin la inteligencia artificial porque también hará mejores nuestras vidas”, afirma el científico del CiTIUS.
Es como alarmarnos por la superpoblación en Marte
Pero como ocurrió con todos los grandes avances que tuvieron un impacto importante en la humanidad por su poder transformador, la inteligencia artificial también despierta muchos recelos, temor y desconfianza. Unos sentimientos propios del pánico moral o del pesimismo típico que provocan todas las grandes revoluciones tecnológicas.
Para saber si existe realmente el riesgo de que la inteligencia artificial llegue a poner un día en peligro a la humanidad, le preguntamos a Senén Barro, quien nos responde con una ingeniosa frase del profesor Andrew Ng.
“Preocuparnos hoy por una inteligencia artificial, superinteligente, que pueda tomar el control del mundo y someternos, es como preocuparse por la superpoblación en Marte. Es una frase muy directa que nos hace reflexionar. Yo creo que es positivo que algunas personas se interroguen sobre esa posible superinteligencia que podríamos tener el día de mañana. Es importante que lo hagan porque es una forma de pensar a largo plazo, de poder anticiparse o de aportar ideas que pueden ser muy útiles. Pero desde luego tener pánico, alarma y, sobre todo, transmitir esa preocupación a la población, eso es mala fe porque ahora mismo no estamos en esa situación. Hay riesgos, claro, tenemos que afrontarlos, pero ahora mismo no es cierto que la inteligencia artificial pueda llegar a someternos o aniquilarnos », subraya Senén Barro.
Automatización del trabajo, la preocupación más urgente
La educación y sobre todo unas reglas exhaustivas como las previstas en la futura ley de inteligencia artificial de la Unión Europea, pendiente de adopción por parte del Parlamento y del Consejo europeos después del acuerdo alcanzado el pasado mes de diciembre, son los elementos que el director del CiTIUS considera indispensables para garantizar el buen uso de la inteligencia artificial.
Pero para finalizar, Senén Barro, nos desvela cuál es su mayor inquietud respecto a la inteligencia artificial, una preocupación que sería la más acertada afrontar en este momento de su desarrollo.
“Me inquieta que nos despreocupemos completamente de cuál puede ser el impacto de la automatización del trabajo. Creo que es un tema que merece toda nuestra atención y sobre todo la de los gobiernos. Aún no se está trabajando en esa línea con la intensidad con la se debería. Automatizar el trabajo, en principio, es muy positivo, en la medida en la que la productividad resultante y la riqueza que se genere sea distribuida de una manera justa y no sirva para incrementar las diferencias sociales, económicas, culturales o las relacionadas con la salud. Eso es de lo que deberíamos estar preocupándonos ahora y no en la posibilidad de que un día la inteligencia artificial se nos vaya de las manos. Como dijo Andrew Ng, eso es como estar hoy en alerta por la superpoblación en Marte”, concluye Barro.














