A pesar de haberse decantado por la química una vez finalizó el instituto, en cuanto tuvo la oportunidad de entrar en un laboratorio, el investigador Jaime Martín Pérez acabó por establecerse en la física. Originario de Bergara (País Vasco), cuenta con un amplio expediente laboral trabajando en laboratorios de Madrid, Alemania, San Sebastián y Londres. Sin embargo, después de la pandemia decidió establecerse como investigador en la Universidad de A Coruña (UDC), donde entró en contacto con el programa Oportunius, impulsado por la Agencia Gallega de Innovación con el objetivo de atraer talento investigador al ecosistema gallego.
«En el instituto me gustaban las ciencias en general: biología, química, física… Probablemente la física era la que más me gustaba, pero en aquel momento vi más accesible la química y por eso decidí estudiar la carrera. En cuanto me aproximé un poco a la investigación, me enteré de que quería dedicarme a la física«, remarca sobre esas primeras decisiones que tomó.
Tampoco lo tenía tan claro con respecto a la investigación, pero la experiencia que tuvo en sexto de carrera impulsó la decisión de hacer el doctorado: «Me quedaban dos materias y al estudiar en San Sebastián tenía que tener un piso allí. Mis padres me dijeron que tenía que buscar algo más que hacer, por lo que entré en un laboratorio de reología de la facultad, el de Antxon Santamaría. La reología es el estudio de cómo fluyen los materiales, una disciplina física. Fue mi primera incursión en la investigación, a un nivel muy bajo, pero ya me encantó».
Especialización en polímeros
Una vez encontrada su vocación, Pérez le comunicó a sus supervisores el interés que tenía en hacer su tesis en reología de polímeros y además, a ser posible, en Madrid. Así consiguió algunas entrevistas y acabó en el Instituto de Ciencia y Tecnología de Polímeros del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), pero haciendo algo diferente del que esperaba en un primero momento. «En realidad, cuando entras en un laboratorio acabas trabajando en el que tu director de tesis tenga que justificar sus proyectos. Puedes orientarte más o menos, pero el tema en concreto viene dado por la financiación que haya en el laboratorio en ese momento, por lo que al final no hice nada de reología«, explica.
En aquel momento, en el laboratorio de Carmen Mijangos estaban impulsando la investigación en nanotecnología, por lo que su tesis finalizó llevando el título de Nanoestructuras poliméricas unidimensionales ‘a la carta’: del confinamiento a las potenciales aplicaciones. Además, también tuvo la oportunidad de hacer estancias en diferentes laboratorios de Alemania: «Yo tenía una bolsa FPU, que entonces me permitía hacer una estancia al año durante los cuatro años de la tesis. Estuve en laboratorios distintos, pero sobre todo en el Instituto Max Planck, en el laboratorio de Martin Stratmann«.
Una vez que leyó su tesis optó por hacer un posdoctorado para decidir hacia donde orientaba su carrera. Sin embargo, fue esta decisión la que finalmente le sirvió para saber qué era lo que realmente quería hacer: «Entré en el Instituto de Micro y Nanotecnología, en el laboratorio de Marisol Martín González. Al inicio no tenía mucho que ver con lo que yo había hecho, pero Marisol venía de conseguir una ERC y estaba muy interesada en un proyecto de crecimiento de nanoestructuras que había explorado yo en la tesis. Así, me contrató para que montase un laboratorio para fabricarlas. Como además de ser una investigadora brillante también es súper activa, participaba en un proyecto, similar a un consorcio, llamado Consolider. Estaba trabajando con un grupo de Barcelona, el de Mariano Campoy, que estudiaba polímeros semiconductores para aplicaciones termoeléctricas«.
Fue Mariano quien le dio la pista para el siguiente paso de su carrera: el Imperial College de Londres. «Era uno de los centros de referencia mundial en electrónica orgánica y tenían investigadores que estaban revolucionando el campo. Me dijo que, si me gustaba, era el mejor sitio al que podía ir». Durante los cuatro años que pasó en él se centró en las líneas de investigación que ahora desarrolla de manera principal con su grupo. «Hay que probar cosas nuevas para saber que es lo que te gusta. Muchas veces tampoco escoges en qué trabajar y después resulta que eso da lugar a una idea en la que basas el resto de tu carrera», afirma.
Llegada a Galicia
A lo largo de su estancia en Londres, el Instituto POLYMAT de San Sebastián fue tanteando al investigador, ofreciéndole un puesto «relativamente independiente y con financiación propia». Así, en 2018 se decidió a volver, comenzando su laboratorio y consiguiendo una bolsa Ramón y Cajal y una Ikerbasque.
«Cuando llegó la pandemia fue difícil porque vivía con mi mujer en una casa muy pequeña y ya teníamos una hija. No es fácil comprar una casa en San Sebastián con sueldo de científicos. Como ella es gallega, le propuse explorar la idea de venir a Galicia y comencé a hablar con la UDC. En un mes ya tenía el compromiso de la universidad para transferir mi Ramón y Cajal y comenzar con el grupo aquí«, relata.
Con todo, los comienzos no fueron nada fáciles. De pronto, el investigador se encontró con una carga docente de 240 horas anuales en A Coruña, a pesar de no tener experiencia dando clase. Paralelamente a eso, su grupo en el laboratorio de Ferrol iba creciendo: «Todo esto implicaba muchos desplazamientos, puesto que mi casa también está en Ferrol, además del esfuerzo que supone comenzar con dos cosas así. Además, cuando conseguí la bolsa Consolidator Grant del Consejo Europeo de Investigación (ERC), el laboratorio pasó de tener cuatro personas a tener diez. Ahora tengo una niña de seis años y otra de tres, que también demandan mucho. Si quieres hacer las cosas medianamente bien tienes que priorizar«.
Así llegó Oportunius, un programa que además de otorgar más estabilidad a los investigadores, también le permitió reducir sus horas de docencia. «Es un programa de primer nivel. Es un sistema de atracción de talento exterior súper bueno y bien hecho. Además, no existe en ningún sitio de España, que yo sepa. Si quieres traer a una persona de Berlín, por ejemplo, a trabajar aquí tienes que ponérselo fácil. Y creo que eso es justo lo que hace Oportunius. Si había sido más grande o se había tenido más inversión en publicidad no me cabe ninguna duda de que mucha gente de Europa lo tendría dentro de sus posibilidades a contemplar al obtener un ERC», manifiesta Pérez.
Células solares
Paracryst es el nombre del proyecto ERC del investigador. Su objetivo principal es desarrollar células solares orgánicas que no se degraden. «La eficiencia que alcanzan estas células ya es suficientemente buena. El problema es que a los pocos días o semanas acaban estropeadas. Y nadie va a comprar un dispositivo para tener que cambiarlo al cabo de tan poco tiempo», explica.
Así, la estrategia del proyecto es alcanzar este objetivo entendiendo cómo se comportan los materiales de los que se componen las células solares: «Esto viene a completar nuestra investigación fundamental, que es sobre ciencia de materiales. Casi todo el proyecto orbita alrededor de generar conocimiento nuevo sobre polímeros semiconductores y moléculas orgánicas semiconductoras, que después darán lugar a la fabricación de la célula fotovoltaica», explica.
La principal diferencia entre los paneles solares clásicos, habitualmente vistos en los tejados, y estas células solares son sus posibilidades de uso. Estas segundas son semitransparentes, flexibles y mucho más ligeras. Así, podrían utilizarse en interiores, por ejemplo, «en un frigorífico que se autoabastezca a través de la luz que genera» o «en las ventanas, de manera que además de dejar pasar la luz también generen corriente eléctrica». Esto abre todo un abanico nuevo de dispositivos que no pueden contemplarse con los paneles de silicio tradicionales. «El objetivo de las células solares no es sustituir a esos paneles, sino encontrar unos nichos de mercado donde no tengan cabida los paneles que se están comercializando ahora», añade.
Visión de futuro
Centrándose en su área de especialización, Pérez afirma que «la ciencia de los polímeros no es un hot topic hoy en día, pero está ahí. Su producción crece de manera constante cada año. Incluso durante un tiempo en el que hubo una quimiofobia y plastifobia salvajes, la producción se estancó. No decreció. Si cada vez tenemos más polímeros en el mundo, a pesar de no ser un tema central o popular, la ciencia seguirá ahí. Le veo un buen futuro«.
Con respecto a su objeto de estudio actual, el investigador también tiene buenas perspectivas de futuro: «No hay ninguna energía capaz de suministrar unos valores tan grandes como la del sol. No sé como se hará, pero entiendo que a largo plazo será fundamental para la humanidad«.














