Vigo como referente aeroespacial: el lanzamiento de la misión BIXO permitirá estudiar la vida en el espacio

El equipo de UVigo SpaceLab, apoyado por Zona Franca, analizará durante nueve meses el comportamiento de bacterias en condiciones de microgravedad y radiación

Galicia es una potencia universitaria y tecnológica gracias a su red de centros de investigación e innovación. En este contexto nació en 2020 el proyecto BIXO (Bacteriological Intercommunication eXperiment in Orbit), desarrollado por UVigo SpaceLab, un equipo multidisciplinar de estudiantes de la universidad que trabaja en la creación de un CubeSat —un satélite miniaturizado estándar empleado en la industria aeroespacial— con el objetivo de estudiar durante nueve meses como afectan la microgravidade y la radiación espacial a los procesos de comunicación bacteriana. En la actualidad, el proyecto se encuentra en la fase final de desarrollo y planteamento de nuevas misiones, ultimando los detalles para el lanzamiento, previsto entre finales de este año y comienzos de 2027, aun sin fecha definitiva confirmada.

El equipo incluye la 50 estudiantes que trabajan en un entorno en la que convergen áreas como la ingeniería aeroespacial, la biología, la mecánica, la electrónica y la automática. Entre ellos se encuentra Daniel Collarte, quien explica que BIXO “tiene como objetivo unir la biología con el espacio”. La iniciativa cuenta con el apoyo de la Zona Franca de Vigo y, segundo señala David Regades, delegado del Estado en el Consorcio de la Zona Franca, el proyecto “significa seguir afondando en una de las razones de ser de la Zona Franca: la innovación”, con especial atención al desarrollo del sector aeroespacial.

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De este modo, se suma al ecosistema aeroespacial impulsado por el Consorcio, en el que también destaca Alén Space, empresa que en 2025 fabricó el 50% de los nanosatélites privados lanzados al espacio. Esto consolida el área de Vigo como uno de los referentes del sector aeroespacial. “Tenemos en la Universidade de Vigo nuestro mejor partner para transferir ese conocimiento al mundo de la industria”, afirma Regades. Por su parte, Daniel Collarte destaca que “la Zona Franca los brindan financiación y visibilidad”.

Bacterias al espacio

“El objetivo de la misión BIXO es conocer como afecta al espacio a la vida”, explica Daniel Collarte. La misión se estructura en tres experimentos distribuidos en tres fases diferenciadas, con una duración de tres meses cada una. “Queremos compararlo con el tiempo aproximado que llevaría un viaje a Marte”, añade.

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El CubeSat, de dos unidades, enviará al espacio una bacteria —Pseudomonas aeruginosa— con el objetivo de analizar el impacto de las condiciones espaciales en su comportamiento. En el interior del satélite, este microorganismo viajará liofilizado —es decir, deshidratado mediante un proceso de congelación y vacío— y almacenado en tarjetas microfluídicas, unos dispositivos dotados de pequeños canales y compartimentos diseñados para transportar y manipular las bacterias en condiciones controladas. Para iniciar el ensayo, se introducirá a través de estos canales un líquido conocido como caldo de cultivo. Al inundar los distintos pozos de la tarjeta, las bacterias liofilizadas absorberán el agua y los nutrientes, abandonando su estado de reposo y comenzando a multiplicarse activamente en ese entorno controlado.

La medida que las bacterias se reproducen, entra en funcionamiento el proceso de comunicación conocido como Quorum Sensing. Mediante este mecanismo, las bacterias activan determinados grupos de genes cuando alcanzan una densidad de población suficiente. En este caso, los genes activados son los responsables de la bioluminiscencia. Así, las bacterias comienzan a emitir luz en la oscuridad, siendo la intensidad luminosa directamente proporcional a la cantidad de bacterias activas y a la velocidad con la que se están comunicando entre ellas. De este modo, se realizarán distintas activaciones desde el momento en el que el satélite entre en órbita, mientras que en Tierra el alumnado desarrollará experimentos paralelos para comparar los resultados obtenidos en ambos escenarios.

A Pseudomonas aeruginosa

A través del proceso de Quorum Sensing, la bacteria continúa comunicándose con su medio mediante la secreción de moléculas autoindutoras. “A través de la bioluminiscencia y de la medición de la espectrofotometría podemos observar su crecimiento”, explica Daniel Collarte.

‘Pseudomonas aeruginosa’. Foto: Wikimedia Commons
‘Pseudomonas aeruginosa’. Foto: Wikimedia Commons

Para controlar y analizar este proceso biológico, el equipo diseñó un sistema modular en placas conocido como vixion, en el que cada componente desempeña una función específica. En la parte intermedia se sitúa la tarjeta microfluídica, seguida del sistema de estimulación y control mediante LEDs. Estas luces cumplen una doble función fundamental: determinados sensores fluorescentes precisan de una fuente de luz externa para activarse y emitir señal. Debajo de la tarjeta microfluídica se colocan sensores ópticos microscópicos encargados de registrar la cantidad de luz que atraviesa el pozo y también de captar los fotones de bioluminiscencia generados por las propias bacterias cuando se activa su comunicación celular.

Mantener la supervivencia

“El principal problema es garantizar la supervivencia de la bacteria”, señala Daniel Collarte. En este sentido, las limitaciones de espacio pasan a un segundo plano, ya que se trata de microorganismos. El verdadero desafío reside en el que ocupan los subsistemas necesarios para asegurar el correcto funcionamiento de la misión: los sistemas de potencia, el ACDS (Attitude Determination and Control Subsystem) y las comunicaciones. Muchos de estos componentes proceden de colaboraciones con empresas especializadas: así, el ordenador de a bordo y a radio definida por software fueron proporcionados por la empresa Alén Space. Por el contrario, otros elementos fundamentales, como la antena de banda S y el subsistema ACDS, fueron desarrollados íntegramente por el propio equipo de BIXO.

Imagen de laboratorio. Foto: Daniel Collarte
Imagen de laboratorio. Foto: Daniel Collarte

Pero el principal reto técnico se centra en la capacidad de adaptación de la Pseudomonas aeruginosa a las condiciones extremas del lanzamiento. “Aquí entran en juego factores como la presión y la componente térmica derivada del calor generado por el propio cohete”, explica Collarte. Para proteger el experimento, el departamento térmico diseñó el Payload Container, un contenedor hermético y termicamente aislado pensado para soportar las condiciones extremas del espacio. Este sistema analiza el comportamiento del experimento en dos escenarios críticos: el Hot Operational Case, cuando el satélite recibe la máxima radiación solar, y el Cold Operational Case, que se produce durante los eclipses terrestre o solar. En este último caso, al no recibir luz ni energía solar, el contenedor debe actuar como un término aislante para impedir que el caldo de cultivo se congele en el vacío absoluto del espacio.

Del espacio a la Tierra

Daniel Collarte explica que la metodología para la recogida de datos de la misión BIXO funcionará mediante conexiones periódicas entre el CubeSat y la estación terrestre situada en el edificio Filomena Dato, en Vigo. “El satélite pasará sobre Vigo tres veces al día, pero solo tendremos alrededor de diez minutos para establecer el contacto en cada pasada”, detalla el integrante de UVigo SpaceLab. Con todo, no todas esas conexiones serán igual de eficientes. De las tres oportunidades diarias, solo en dos el satélite estará en una posición óptima para transmitir información a través de la antena de banda S, debido a la latitud y a la orientación orbital. “Esto los permiten descargar los datos de mayor tamaño relacionados con el experimento, así como imágenes”, explica Collarte. La transmisión de la información se realiza mediante una cadena de comunicación que parte del propio satélite y llega a la antena de banda S, encargada de enviar los datos hacia la antena parabólica de la estación terrestre, desde donde serán procesados y analizados por el equipo investigador.

Equipo de BIXO trabajando en una sala presurizada. Foto: Daniel Collarte
Equipo de BIXO trabajando en una sala presurizada. Foto: Daniel Collarte

El último paso

En la actualidad, el alumnado de UVigo SpaceLab trabaja en la preparación e integración de los diferentes subsistemas necesarios para garantizar el correcto funcionamiento del CubeSat. En este contexto, una de las soluciones desarrolladas por el equipo de BIXO consiste en integrar todos estos sistemas en una única placa mediante tecnología FlatSat. “Esta tecnología los permiten acceder a los distintos subsistemas de manera más sencilla y mantener todo el conjunto compacto”, explica Daniel Collarte.

Para llevar a cabo este trabajo de integración, el equipo utiliza una cámara presurizada, empleada en el ámbito aeroespacial para evitar la entrada de partículas de polvo y garantizar condiciones controladas de limpieza. Este espacio permite realizar con seguridad todo el montaje y comprobación de los subsistemas antes del lanzamiento. “Son mecanismos que van a viajar al espacio, por el que deben estar en condiciones extremadamente limpias y preparados para soportar el lanzamiento”, concluye Collarte.

Galicia como fábrica de talento

“Va a ser una forma más de contribuir al reto del talento que tiene Galicia”, apunta David Regades desde Zona Franca. En este sentido, destaca que proyectos como BIXO, impulsado desde la Universidade de Vigo, permiten que la juventud al salir de la asociación que remata sus estudios poda liderar iniciativas innovadoras sin necesidad de emigrar. “Antiguamente, para participar en proyectos de este nivel, muchos jóvenes y jóvenes tenían que marchar la China, a los Estados Unidos o al centro de Europa”, explica. Ahora, añade, gracias a una red de apoyo como la de la Zona Franca, el alumnado de UVigo SpaceLab cuenta con la capacidad de impulsar proyectos “muy ambiciosos” y desarrollarlos directamente desde Galicia, con proyección hacia el sector espacial.

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