Ciudades inteligentes, sí, pero, ¿y los pueblos qué? Académicos, autoridades y hombres de negocios de casi 30 países debaten estos días en Viena sobre el significado de la resiliencia urbana. La ciudad está en el foco, como motor de resistencia frente al calentamiento global o el problema de la vivienda, aunque colectivos no urbanas pero no por ello menos desarrollados reclaman su protagonismo. En Galicia, por ejemplo, donde la población de las ciudades no alcanza el 37% del total. ¿Es por ello menos resiliente? “En absoluto”, zanja Orlando Woods, investigador en la Singapore Management University (SMU). “Todo lo contrario. La tecnología está llamada a cerrar la brecha entre el campo y la ciudad”.
La agricultura inteligente, una de las claves
Woods es un investigador multitask. Doctor en Geografía por el University College London y director del Instituto Urbano de la SMU, analiza el fenómeno de las ciudades desde múltiples ángulos: historia, filosofía, teología… Pero su trabajo también le ha acercado al mundo rural. Ha contribuido a proyectos multidisciplinarios y multiinstitucionales que exploran el mapeo y las iniciativas de mitigación del dengue en Singapur o el impacto de los megaproyectos de infraestructura asociados a la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China en las comunidades religiosas de Sri Lanka. En Chiang Mai, en el norte de Tailandia, donde el entorno agrícola es predominante, tuvo ocasión de experimentar los efectos de la agricultura inteligente, un fenómeno que crece en regiones como Galicia.
“Basándome en mi propia investigación allí, puedo garantizar que el fenómeno de la ciudad inteligente es cada vez más amplio y menos excluyente del ámbito rural”, relata para GCiencia, único medio español junto a El Confidencial invitado al foro City Dialogues, que organiza la SMU en Viena, como evento asociado al Mayors Forum of World Cities Summit 2025. “La población usa cada vez más la tecnología: para regar las plantas, para monitorizar los niveles de sol, para controlar y combatir las plagas…” “Lo que hicieron fue monitorizar granjas inteligentes en el centro de Chiang Mai a una escala muy pequeña: invernaderos individuales o cosas muy reducidas. Experimentaban prototipos tecnológicos que luego se implementaron en granjas fuera de la ciudad a una escala mucho mayor, y fue un éxito. Es un ejemplo muy interesante de cómo cerrar realmente esa brecha entre el campo y la ciudad”.
Cada vez más interés por el rural

El mundo rural también afronta un recambio generacional. Las telecomunicaciones son cada vez más fiables. ¿Por qué hay que pensar que el poder de atracción de las ciudades durará para siempre? Orlando Woods está convencido: “Las herramientas y el desarrollo incentivarán cada vez más el interés por el campo de las nuevas generaciones”. Para el profesor de la SMU, lo crucial es el factor humano, “intentar que los jóvenes se interesen por la agricultura”. “Recuerdo haber entrevistado a un joven graduado en informática por la Universidad de Chiang Mai. Era un agricultor inteligente, porque recibió financiación de una institución alemana para desarrollar tecnología. Y así se despertó su interés por la agricultura. Pensó: ‘Eh, puedo ser ingeniero y programador informático, pero también puedo ser agricultor». Es un ejemplo que Woods integra en un proyecto mucho más amplio: atraer a los jóvenes al mundo agrícola o ganadero.
El profesor Woods es un personaje central en el City Dialogues asociado al World Cities Summies, en el que participan medio centenar de alcaldes de todo el mundo. El profesor de la joven pero influyente universidad de Singapur (este año celebra su 25 aniversario) hace de presentador, de ponente, de coordinador… La capital austríaca ha recibido a los cientos de asistentes con hasta 35 grados, en plena ola de calor que abrasa Centroeuropa. Cobra especial fuerza el eje de muchas de sus investigaciones: los riesgos climáticos urbanos. Obviamente, escapar del calor del asfalto es “otro punto a favor de lo rural”.
Viena, ciudad modélica contra el calor
Durante estos días, las autoridades de Viena tienen la oportunidad de presumir de una ciudad modélica en muchos sentidos. La resistencia ante las altas temperaturas es uno de ellos, con la apertura de espacios públicos bajo techo en los que no es necesario pagar ni consumir. También con infraestructuras sociales que protegen a los más vulnerables o con sus enormes parques y jardines, que ofrecen a vieneses y turistas un refugio climático ideal. Esto último, fruto de siglos de planificación urbana, es un factor imposible de transponer a otras ciudades, pero sí un objetivo para autoridades obligadas a pensar en el largo plazo.
Tampoco se le pueden exigir resultados urgentes a otra estrategia que ha hecho de Viena una ciudad modelo, considerada por el índice de The Economist como la una de las de mayor calidad de vida del mundo: su sistema público de vivienda.
Desde las primeras décadas del Siglo XX, con la Viena Roja, la ciudad aplicó una política de housing que ha convertido a su ayuntamiento en el mayor propietario inmobiliario de Europa: atesora 220.000 propiedades subvencionadas, en las que reside el 60% de sus habitantes. Forma parte de una partida de 600 millones de euros anuales para crear “espacios asequibles” a sus ciudadanos. El precio del metro cuadrado es en Viena en torno a un tercio del que se paga en Londres o en torno a la mitad que en Madrid o Barcelona. La receta consiste en: mucho tiempo, mucho suelo público, poca población. No todas las ciudades pueden limitarse a copiar el modelo, pero sí aproximarse a él.
Galicia como alternativa?
Con el covid, relata Woods, en Tailandia muchos jóvenes volvieron su mirada al campo, para obtener trabajos más estables, menos dependientes de los servicios y de otras personas. También en Galicia, donde la eclosión del teletrabajo incentivó, como el resto de España, un relevante regreso al entorno rural: un refugio climático que cualquiera de los invitados al World Cities Summit envidiaría. ¿Puede convertirse el campo en Galicia en una alternativa convincente frente al calentamiento global y el problema de la vivienda? El investigador británico no alberga dudas: “Definitivamente sí”.














