Rozar nuestra piel con una ortiga puede llegar a estropearnos un paseo. La necesidad de rascarnos con fuerza en la zona inflamada es inmediata e insoportable, pero casi siempre pasajera. Su nombre, Urtica dioica o Urtica urens, las dos especies más comunes en Galicia, no engaña: la ortiga pica y mucho. Aun así y desde hace miles de años, esta planta forma parte de la vida cotidiana de la gente, como alimento por ser muy nutritiva para las personas o los animales, por ser empleada como remedio tradicional para algunas molestias o por ser una fibra vegetal de gran calidad para la elaboración de tejidos.
«Son plantas a las que les gustan mucho los ambientes algo alterados, lo que llamamos nitrofilia, es decir, tener apetencia por lugares con mucho nitrógeno en el suelo. Son frecuentes en las orillas de los caminos por donde se pisa mucho y el material vegetal vuelve de nuevo al suelo y se acumula. La ortiga tiene una larga trayectoria de uso por el ser humano por sus propiedades alimenticias y también medicinales. En la zona alta del río Miño, por ejemplo, fueron registrados hasta cincuenta y dos usos tradicionales. Es nuestra compañera desde el Neolítico, hace más de nueve mil años», nos explica Miguel Serrano, Investigador en Botánica en la Universidad de Santiago de Compostela.
Pelos punzantes para defenderse del enemigo
Las ortigas son muy ricas en calcio, hierro y vitaminas, por eso es uno de los alimentos predilectos de los herbívoros, como las vacas, por ejemplo. Una buena razón para haber desarrollado a lo largo de su evolución, unos pelos urticantes que las caracterizan y que les garantizan tranquilidad absoluta. «Su polen se dispersa incluso con el viento, no gracias a los insectos y, en parte, se piensa que es porque resulta bastante ingrato para muchos organismos acercarse a esta planta por su potencial urticante», subraya Serrano.
El investigador nos muestra uno de esos pelos con el microscopio y una estructura punzante no deja lugar a dudas de la perfección del mecanismo de defensa de las ortigas. «Tienen una base parecida a una ampolla donde acumulan una serie de compuestos como la histamina, la acetilcolina y la serotonina, y ácidos como el fórmico, el tartárico y el oxálico. Después de esa parte basal, los pelos cuentan con una punta muy aguda de silicio con la que llegan a atravesar nuestra piel y la de otros organismos para inocular el veneno que son esos compuestos causantes del prurito y la sensación de inflamación y urticación», afirma el botánico de la USC.
El mentol, un revulsivo con efecto placebo
Frotar la piel con hojas de menta es una de las soluciones populares para frenar la inflamación de la ortiga, pero, ¿tiene este remedio alguna base científica?
Las necesidades ecológicas de la menta y de la ortiga se solapan, por eso aparecen muchas veces una al lado de la otra. Comparten, aunque en diferente medida, el gusto por la humedad y los suelos con nitrógeno. Existen hasta veinte especies de mentas, en Galicia unas seis, pertenecen a la familia de las labiadas, tienen grandes propiedades digestivas, sobre todo la menta poleo, y cuentan con un compuesto aromático, el mentol, que podría responder a nuestra pregunta.
«El mentol tiene ciertas propiedades que pueden conferir un poco de alivio. Este compuesto orgánico es lo que se llama un revulsivo o un contrairritante, es decir, no disminuye la inflamación, no es un analgésico, pero provoca un efecto físico y térmico que puede aliviar la sensación de prurito. Como digo, no reduce la irritación, lo que hace es provocar casi otro tipo de inflamación que hace que dirijamos nuestra atención a esa nueva sensación de frío que, como sabemos, provoca el mentol. Yo le llamaría leyenda, más que mito, a esa idea de que frotar con menta la irritación de la ortiga garantiza el alivio. Sabemos que hay un cierto núcleo de verdad, pero solo hasta cierto punto. Tenemos que saber que el aspecto revulsivo o contrairritante del mentol, también tiene un componente importante de placebo», precisa el investigador.
La romaza, el remedio británico
Miguel Serrano asegura que la mejor solución en caso de rozar una ortiga cuando damos un paseo por el campo o recogemos plantas, es llevar consigo una buena crema antihistamínica, sobre todo si sabemos que nuestra reacción puede ser importante. El botánico de la Universidad de Santiago de Compostela también hace hincapié en el cuidado que debemos tener si decidimos recoger ortigas para consumirlas: debemos hacerlo siempre en lugares donde exista poca contaminación industrial o urbana y, sobre todo, lavarlas bien al llegar la casa.
Y para finalizar, Serrano nos muestra en su oficina del Departamento de Botánica de la Facultad de Farmacia, la romaza, la planta con la que los británicos creen aliviar el prurito que provoca la ortiga.
«En otras culturas como en el Reino Unido, utilizan otra especie, lo que nosotros llamamos romaza, Rumex obtusifolius, y, en este caso, debo decir que existen aún menos evidencias científicas que en el caso de la menta. La romaza actúa como un contrairritante simplemente por el efecto de frotar nuestra piel con ella, ya que provoca su propia inflamación, como pasa con la menta, y desvía nuestra atención. Pero, como digo, en esta planta no hay ningún tipo de compuesto con un efecto, digamos, antihistamínico que se haya validado. El efecto placebo y el efecto revulsivo al frotar la piel, de alguna manera, alivian, y eso es lo que ocurre también con la menta. Es muy curioso que según las culturas, se utilizan diferentes especies. En el contexto gallego serían las mentas y en el contexto británico, la romaza. Nosotros, por lo menos, tenemos algo de fundamento científico de fondo», concluye el investigador en Botánica de la USC.














