Un gran tiburón azul
Un gran tiburón azul.

¡Rayas y centollos!

Aquel tiburón marcado en las proximidades de Terranova, no muy lejos de la costa de Canadá, apareció a 30 millas de Lisboa. La maragota de la ría de Vigo, en cambio, tenía menos mundo: como es habitual en su especie, no viajó más allá de lo que ocupa un campo de fútbol.  La raya mosaico tampoco abandonó la ría, pero la sorpresa la dio una centolla de A Coruña: pese a las evidentes limitaciones para la movilidad de los de su especie, acabó localizada en la costa de Asturias.

Son conclusiones en forma de imágenes del documental El mar del fin del mundo II: marcados para sobrevivir, producido por José Irisarri y que se basa casi íntegramente en el trabajo de investigación del grupo de Ecología Pesquera del Instituto de Investigaciones Marinas de Vigo (IIM). “Lo del tiburón fue una sorpresa. No son una especie con unas migraciones concretas, sus movimientos dependen de muchos factores, como las corrientes, pero aquel ejemplar que marcamos cerca de Canadá cruzó el Atlántico y apareció en Lisboa”, recuerda el investigador Gonzalo Mucientes, uno de los cámaras que participaron en el documental. El tiburón tardó tres meses. Viajó hasta a 1.700 metros de profundidad.

Trailer MARCADOS PARA SOBREVIVIR (2013) de Ecología Azul.

Pero no hay que viajar hasta Terranova para sorprenderse con la fascinante vida de los peces. Qué más sorprendente que la existencia de la maragota –o el pinto, considerado la misma especie– tan habitual de las rías bajas, una especie hermafrodita asincrónica, lo que significa que nace hembra y muere macho. “Los machos tienen su harén de hembras en época de reproducción, y cuidan su roca para que la hembra ponga allí sus huevos. Después, ellos se desviven para protegerlos de los depredadores”.

Almejas para cenar

Se sabía que esas algas que muchas centollas aún conservan cuando llegan a la mesa servidas en una bandeja era un mecanismo de defensa, pero no abundaban las imágenes, y mucho menos de tanta calidad, en las que un ejemplar utiliza sus patas para recubrirse de camuflaje. Y hay menos incluso de otra centolla capturando almejas por la noche para darse un atracón. Son otros de los alicientes de esta segunda entrega de la serie El mar del fin del mundo, que se estrenó el 28 de septiembre en la Semana de Cine Submarino de Vigo.

La mayoría de las imágenes proceden de los proyectos Artevigo y Behaviour, critical hábitat and fisheries interactions of pelagic sharks in the north Atlantic Ocean, en los que además del IIM, participaron el CIBIO de Varao, de Portugal. El documental recoge los avances realizados en los últimos años en el estudio de peces, rayas y centollas en la costa de Galicia y de tiburones pelágicos en el Atlántico, una información clave para establecer criterios de pesca responsable y sostenible que preserve estas especies. Además de Irisarri, en el trabajo participaron los investigadores predoctorales Mucientes y David Villegas, que forman parte del grupo Ecología Azul, el catedrático de biología animal Eduardo González Gurriarán y los biólogos y cámaras submarinos Manuel E. Garci y Jorge Urcera.

“Todo surgió de una idea del productor”, relata Gonzalo Mucientes. “David y yo estábamos avanzando en nuestros proyectos y contábamos con bastante material audiovisual, y él nos propuso convertirlo en un documental para divulgar la investigación”. Porque ese es el fin principal de proyectos como El mar del fin del mundo: “Que la trascendencia de las investigaciones no se limite a la literatura científica”.

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