¡Hágase la luz!

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Thomas Edison observa su primera bombilla.

Lin Yutang: “Hay dos maneras de difundir la luz: ser la lámpara que la emite o el espejo que la refleja”.

Las estrellas emanan luz que con su dualidad onda-partícula viaja a velocidades insuperables por nadie en el universo (casi 300.000 km/s). Nuestro sol, ese gigantesco e incombustible girasol, brilla con luz propia. Las reacciones nucleares de su núcleo fusionan hidrógeno dando lugar a helio. En este proceso se libera energía en forma de calor y de la maravillosa luz. El sol, ese farol que alumbra nuestras vidas de principio a fin. Sin la energía de la luz, aquí en la tierra no existiría vida. Seríamos un planeta muerto. La luz del sol lo es todo, calienta la tierra, permite la fotosíntesis en las plantas, nos permite disfrutar a través de nuestros ojos de las maravillas creadas por la naturaleza; en definitiva, es vital para que existamos y haya vida en el planeta azul.

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Thomas Edison observa su primera bombilla.

Ese destello de la mañana inaugura el día y la bella puesta de sol al anochecer lo termina. En el pasado, hasta el descubrimiento del fuego, para nuestros antepasados solo existía el día y la oscuridad de la noche. Hoy es difícil imaginar un mundo a ciegas. Imaginaos en casa, en la oscuridad, sin poder dar un paso más allá sin tener miedo a que habrá después. La luz nos permitió pasar del día de 12 horas al de 24, lo cual, como bien sabemos, es beneficioso para algunas cosas y contraproducente para otras. ¿Qué pasaría si hubiese un apagón mundial, aunque solo fuese por unos minutos? Imagino que sería un caos.

Nuestros ojos captan la información de lo que nos rodea que luego se transmite a nuestra corteza visual donde se decodifica, y ahí dentro, en nuestro cerebro, se forman las imágenes, las formas, los colores, se genera el movimiento como en una cámara de grabación. Para ello, necesitamos la energía de la luz, natural o artificial. El genio de un hombre, alguien que tiene más de mil patentes, el inventor por antonomasia, el que cambió el mundo para siempre: el señor Thomas Alva Edison (1847-1931). Me imagino a Edison diciendo en su laboratorio de Menlo Park (Nueva Jersey) “¡Hágase la luz!”, y desde entonces el mundo no ha dejado de ser el mismo. Su invento, simple pero glorioso: la lámpara incandescente o bombilla.

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La bombilla de Menlo Park.

En la actualidad existen bombillas de todas las formas, colores y duraciones. Pero una fue la que revolucionó el mundo de las tinieblas, la de Edison, quien dijo en 1879: “No fracasé, sólo descubrí 999 maneras de cómo no hacer una bombilla”. Varios lo intentaran antes pero Edison consiguió un filamento que no se fundiese al alcanzar la incandescencia. Para ello, probó cientos de materiales, hasta dar con un filamento de algodón carbonizado. Ese día, 21 de octubre de 1879, nació la bombilla. Todo el proceso para originar luz ocurría dentro de una lámpara de vidrio al vacío y gracias a la corriente suministrada. Su bombilla tenía larga duración y se podía comercializar. Se patentó el 27 de enero de 1880.  El filamento de una bombilla alcanza temperaturas de hasta 3.000 grados emitiendo luz y gran parte de la energía que se pierde en forma de calor. Hoy en día se usan filamentos de wolframio (o tungsteno).

Edison hizo la primera demostración pública del poder de su invento iluminando la calle Christie Street en Menlo Park, la medianoche de fin de año de 1879-1880. La gente allí presente no daba crédito a sus ojos, la noche se hizo día, una sensación comparable a cuando un bebé abre sus ojos por primera vez. Lo apodaron “El mago de Menlo Park”. Así como el motor de combustión, el ordenador personal, el teléfono, o Internet, la bombilla revolucionó el mundo y nadie lo puede poner en duda. A los 29 años y tras la muerte de su primera esposa, en 1884 y con ya más de 400 inventos patentados, Edison se mudó a West Orange (Nueva Jersey). Allí, en su nuevo laboratorio, viviría y trabajaría casi medio siglo hasta su muerte en 1931 con 84 años de edad.

Como curiosidad deciros que la bombilla más duradera del mundo no lleva 10 años, ni 20, ni 50, sino más de 110 años encendida sin parar. Se colocó en 1901 en la estación de bomberos número 6 de Livermore en California (EEUU). ¿Increíble, verdad? Siempre me hago esta pregunta ¿Por qué será que las bombillas de hoy en día hay que cambiarlas cada poco? Si Edison levantará cabeza seguro nos daba la respuesta.  Para terminar, quizás su frase más conocida “El genio es un uno por ciento de inspiración y un noventa y nueve por ciento de transpiración”.

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