Spielmeyer Lab

El equipo del laboratorio de Walther Spielmeyer, en 1927. De izquierda a derecha: Eversbusch, Julius Hallervorden, Paul Quast, Oskar Gagel, Kutter, Yushi Uchimura, Yushi Funakawa, Metz, Deisler. Sitting: Adele Grombach, Gamper, Eduard Gamper, Spielmeyer, Hugo Spatz, desconocido, desconocido.

Epónimos del Tercer Reich

La Real Academia Española define epónimo como “nombre de una persona o de un lugar que designa un pueblo, una época, una enfermedad, una unidad, etc”. Es una fórmula, muy utilizada en ciencia, que se usa para recordar y distinguir a estudiosos e investigadores que, fruto de su trabajo, han realizado alguna innovación o descubrimiento en su campo. Hablamos así de la enfermedad de Parkinson, por el médico británico James Parkinson; de la enfermedad de Alzheimer, por el médico alemán Alois Alzheimer; o del síndrome de Asperger, por el médico austríaco Hans Asperger.

Spielmeyer Lab

El equipo del laboratorio de Walther Spielmeyer, en 1927. De izquierda a derecha: Eversbusch, Julius Hallervorden, Paul Quast, Oskar Gagel, Kutter, Yushi Uchimura, Yushi Funakawa, Metz, Deisler. Sitting: Adele Grombach, Gamper, Eduard Gamper, Spielmeyer, Hugo Spatz, desconocido, desconocido.

De entre los casi 9.000 epónimos existentes en medicina figuran otros no tan conocidos a nivel popular como, por ejemplo, Síndrome de Hallervorden-Spatz, Enfermedad de Reiter, Síndrome de Eppinger, o Células de Clara, que supuestamente honran la memoria de los alemanes Julius Hallervorden, Hugo Spatz y Hans Reiter; del checo Hans Eppinger, o del austríaco Max Clara. Todos ellos, además de ser médicos, tenían otro punto en común: eran nazis. Y convencidos.

Julius Hallervorden

Julius Hallervorden.

Según recoge la institución oficial israelí Yad Vashem, el doctor Julius Hallervorden estudió cerebros procedentes de niños asesinados dentro de la Aktion T4, el programa de eugenesia que justificaba el asesinato de enfermos, niños nacidos con enfermedades hereditarias o defectos congénitos, o razas consideradas contaminantes como los judíos o gitanos. El propio Hallervorden realizaba las extracciones de los cerebros, previo examen del paciente todavía vivo. Pese a que el uso de este epónimo ya ha sido desaconsejado, en la actualidad es aún utilizado en numerosos foros.

Otro de los investigadores honrados con un epónimo fue Hans Eppinger, quien experimentó con prisioneros del campo de concentración de Dachau la posibilidad de hacer potable el agua de mar, con el fin de ayudar a los náufragos de la Armada alemana. Hans Reiter, autor de un libro sobre higiene racial y responsable de experimentos médicos en el campo de concentración de Buchenwald, es otro de los reconocidos por esta lista de epónimos.

Un ejemplo muy vigente en la actualidad es el de las células de Clara, en recuerdo del austríaco Max Clara. Activo miembro del partido nazi, el doctor Clara se sirvió también de prisioneros para realizar sus investigaciones. Hoy en día podemos ver que en Universidades como la de Buenos Aires, Argentina, su programa de la Facultad de Medicina, sigue recogiendo este término. Lo mismo sucede en la Pontificia Universidad Católica de Chile o en la española de Zaragoza.

Estos son solo unos pocos ejemplos, ya que la lista de epónimos que honran a médicos, biólogos, psiquiatras o científicos nazis es larga. Bastante más que nuestra memoria.

El pasado día 27 de enero se conmemoraba el 70 aniversario de la liberación de Auschwitz-Birkenau, el complejo de campos de concentración y exterminio nazi en el que fueron asesinadas más de un millón de personas. Actos puntuales como estos sirven para recordarnos todo lo sucedido, empeñarnos en que no vuelva a suceder y honrar la memoria de los allí fallecidos. Por eso, si la función que ejerce un epónimo es inmortalizar a alguien que ha logrado un avance para el conjunto de la sociedad, debería ser hora ya de dejar de utilizar estas distinciones. Hay que honrar a las víctimas, no a los verdugos.

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